Melodías Prohibidas: Un Romance Argentino-Mexicano

Romance 14 to 20 years old 500 to 1000 words Spanish

Story Content

El cambio siempre es un torbellino, pero para Marcos y Candy, significó un viaje desde el bullicioso México hasta la melancólica Buenos Aires. Su padre los esperaba, listo para iniciar un nuevo capítulo en sus vidas. Ambos hermanos tenían acento mexicano, una melodía extraña en las calles argentinas.
En la puerta de la escuela, Marcos, con su skate bajo el brazo, luchaba contra la corriente de estudiantes. Candy, vestida de negro de pies a cabeza con mechones rubios destacando en su pelo café, consultaba su horario. 'Candy a practicar batería' — exclamó, encontrando su salón y dejando a su hermano a la deriva en ese mar de rostros desconocidos.
Con el skate como extensión de sus pies, Marcos patinaba por los pasillos, buscando su clase de arte. Un choque repentino lo sacó de su concentración. Un chico alto, de piel blanca y pelo negro, con un piercing en la ceja que le daba un aire desafiante, lo miraba con el ceño fruncido. '¡Perdón!', alcanzó a decir Marcos, atropellado por la vergüenza y su acento mexicano.
Acompañando al chico, que resultó ser Iván, estaban Bruno, Lola y Matías: los demás integrantes de su banda. Marcos se recompuso, sacó su horario y, tímidamente, les preguntó por su salón. Bruno, con acento argentino marcado, levantó una ceja. '¿Sos mexicano, che? Se nota por el acento'— preguntó con una sonrisa burlona.
Iván, el de la ceja perforada, finalmente habló. 'Es por allá', señaló con un gesto brusco antes de volver a sumergirse en la oscuridad de su seriedad.
Después de que Marcos se alejó, Matías soltó una carcajada. '¡Qué bueno está el mexicano! Y mirale el culo que tiene!'. Iván los fulminó con la mirada. 'Concéntrense en el ensayo. ¿Entendieron?'.
Los amigos de Iván eran una mezcla extraña. Bruno, el bajista, siempre buscando la broma; Lola, la tecladista, observadora y sarcástica; y Matías, el baterista, el pegamento del grupo, protector y sociable. Ellos, poco a poco, comenzaron a acercarse a Marcos. Iván, sin embargo, permanecía distante.
Un día, invitaron a Marcos a una fiesta. Dudó, pero la insistencia de Matías y la mirada curiosa de Lola lo convencieron. Candy, siempre dispuesta a cualquier plan, lo animó a ir.
En la fiesta, entre la música alta y las luces parpadeantes, Marcos se sintió abrumado. Necesitaba un respiro. Se escabulló a una habitación aparentemente vacía, cerró la puerta tras de sí y suspiró. 'Por fin paz!', exclamó, y al girarse, se encontró con la penetrante mirada de Iván.
El silencio se apoderó de la habitación. Iván estaba sentado en un rincón, con un cuaderno y una guitarra. Anotaba letras de canciones, ajeno a todo. Marcos, después de un instante de duda, preguntó tímidamente: '¿Puedo sentarme? ¿Me puedo dormir?'. Iván asintió con un movimiento de cabeza.
Mientras Marcos dormía, Iván lo observó. Las pecas en su rostro, el mechón rebelde que caía sobre su frente, la curva suave de sus labios. Descubrió una belleza que nunca había imaginado encontrar.
El ensayo llamó a Iván de vuelta a la realidad. Despertó a Marcos, quien, al abrir los ojos, se encontró con la mirada intensa de Iván. Un segundo eterno, y de pronto, Iván se acercó y lo besó. Un beso fugaz, pero que resonó en lo más profundo de su ser.
Marcos huyó de la fiesta, con el corazón latiendo a mil por hora y las mejillas sonrojadas. En casa, le contó todo a Candy, quien escuchó con los ojos bien abiertos. A partir de ese momento, cada interacción entre Marcos e Iván era una tortura dulce. Una mirada, una sonrisa, y las mejillas de Marcos se teñían de rojo.
Iván, consciente del efecto que tenía sobre Marcos, comenzó a provocarlo, lanzándole miradas intensas y comentarios sutiles, solo para ver el rubor aparecer en su rostro.
Un día, Marcos estaba solo en el salón de arte, absorto en su pintura. Iván pasó por allí con sus amigos. Al verlo solo, les dijo que los alcanzaría en un momento y entró al salón.
Marcos se giró al sentir su presencia. Iván se acercó lentamente, lo miró fijamente a los ojos y lo besó, esta vez con una urgencia voraz. Lo levantó en brazos y lo sentó sobre la mesa, sin importarle la pintura que manchó su espalda.
Desde entonces, los besos robados y los encuentros furtivos se convirtieron en su secreto. Iván lo besaba en los pasillos, lo tocaba en lugares escondidos, y, algunas veces, la pasión los consumía por completo.